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Antes de que la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) diera su visto bueno este mes al lecanemab, que elimina del cerebro la proteína amiloide tóxica que ha sido el principal objetivo de los desarrolladores de fármacos, no se había descubierto ningún medicamento con pruebas estadísticas consistentes en ensayos clínicos que ralentizara el curso de la enfermedad de Alzheimer. El lecanemab, comercializado como Leqembi por las empresas Eisai y Biogen, no es una cura para el Alzheimer. Sus efectos secundarios, a veces graves, sus modestos beneficios y su precio anual de 26.500 dólares (aún no cubierto por Medicare) son más que suficientes para hacer reflexionar tanto a pacientes como a médicos. Pero la aprobación de la FDA marca un hito en un campo que ha sido testigo de numerosos fracasos a lo largo de los años. Los pacientes con Alzheimer en fase inicial o deterioro cognitivo leve descubrirán rápidamente que el lecanemab no es un medicamento neurológico que sedante, estimule o amortigüe el dolor. No hará que una persona que reciba una infusión cada dos semanas se sienta más inteligente. Su memoria no mejorará de repente. El fármaco sólo ralentizará ligeramente la incesante progresión del Alzheimer.
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