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A menudo hablamos del cerebro como si fuera un ordenador, una máquina que procesa datos hasta que el hardware acaba fallando. Pero un ordenador no es más rápido ni más resistente porque se le haya añadido más software en los años ochenta. Resulta que el cerebro humano funciona de forma diferente. Funciona más como una biblioteca. Un nuevo y convincente estudio publicado esta semana en Neurology ofrece algunas de las pruebas más sólidas hasta la fecha de que nuestros hábitos cognitivos, en concreto cuánto leemos, escribimos y aprendemos, pueden alterar drásticamente la cronología del deterioro cerebral.
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